Con canas en los huevos

Tienes diecisiete años y una ilusión: quieres ser periodista. Pues me vas a permitir un consejo, de esos que son gratis y huelen a buenas intenciones que te cortan el aliento. No lo seas.

Crees que te vas a dedicar al segundo oficio más antiguo del mundo, el más bonito con diferencia, y resulta que no, que esto es otra cosa. Te parece que te vas a pasar el día, como en las películas, a voces con el redactor jefe –que es uno cretino-; en busca de la noticia, jugándote el tipo con unos malos que están sospechando que hay alguien infiltrado; o en cualquier país en guerra, esquivando balas y bombas… Y no: resulta que el periodismo es otra cosa.

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Todo parece querer disuadirte

Desde que pisas la facultad, te das cuenta de que los que parecen tener más futuro son los que quieren lucrarse con el mal llamado periodismo rosa (mal llamado “periodismo”, en cuanto a lo de rosa, que cada cual le ponga a sus esputos mentales el color que le dé la gana). Pero, claro, te dices, tú no lo vas a hacer así: no se te compra con dinero.

Luego, mientras haces prácticas en cualquier medio, te das cuenta de que lo que ocurre es que estás cubriendo el puesto de un compañero que se ha ido de vacaciones y lo estás haciendo gratis. Da igual: agradeces no tener que pagar por formarte.

¿Dónde está la acción?

Lo que te escama son las miradas sin brillo de tus compañeros. Sin entusiasmo, sin rabia ni amor por el trabajo. Ni siquiera discuten con el redactor jefe, un tipo, por otra parte, muy majo, tranquilo y que, ¡vaya!, no fuma puros (Supermán: cuánto daño le has hecho a la imagen del periodismo).

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Será que los has pillado en mal momento durante tres meses.

Pero la puntilla llega cuando te dan trabajo en un diario de, siendo generosos, medo pelo. Tardas diez segundos en saber qué te espera mientras te dediques a esto: vas a ser altavoz de cuatro hijos de puta. Perdón: señores hijos de puta, que son los que pagan.

Lo que no debe ser esto y lo que de verdad es

Vas a ver, oír y callar, que es justo la antítesis del periodismo. Eso, o te vas a la calle, a ver qué comes, que para tu puesto tenemos quince currículos fresquitos de esta misma mañana, más preparados, más listos, más guapos y más dispuestos a chupársela al alcalde que tú. No te jode el niñato.

¿Que por qué digo que es la profesión más bonita del mundo? Pues… ¿Sabes lo que es ver, oler, tocar, quemarte, cortarte y sangrar con la noticia, por pequeña que sea? ¿Sabes lo que significa aprovechar la oportunidad de jugarte los dientes y salir con la dentadura más o menos completa para contar lo que has visto?

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Eso es lo que tiene que ser el periodismo: saber y hacer que se sepa; lanzar una piedra al agua para que la onda resultante haga saber a quien así lo necesite que el mar está ahí.

Desgraciadamente, los medios al uso no te van a permitir ser más periodista que el que copia y pega noticias de agencia o acude a la rueda de prensa de don Fulano. Y si te decides por la independencia ideológica y creativa, vas a pasar más hambre que el canario de Carpanta.

Pero no me hagas caso, yo sólo soy un veterano con canas en los huevos, cínico y sin fe salvo en quien considera que se lo merece; en cambio tú, con tus diecisiete, puedes y vas a cambiar el mundo. Hazlo. Por mí.

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