Es lo que queda…

Es que si me callo, reviento. Y con tanto ácido como llevo dentro, un reventón mío podría ser peligrosísimo. El caso es que estoy hasta más allá de donde mi anatomía toca a su epicentro y tengo sacarlo o llorar. O las dos cosas, como sucede en estos momentos.

Es una sensación, un sentimiento, que va más allá de la rabia. Se trata de la impotencia de ver como familias con niños de apenas cinco o seis años se quedan en la calle mientras los banqueros que, por su mala gestión, han provocado esto, reciben indemnizaciones millonarias y retiros dorados.


Pero es que encima quieren hacernos creer que con las nuevas leyes esto no va a ocurrir ya más. Y una mierda. Soy testigo de que sigue sucediendo cada día.

Comparaciones especialmente odiosas

Satura también mi indignación ver que Pujol hijo se lo estaba llevando calentito a base corruptelas; que Bárcenas tiene más millones que pelos en la cabeza, repartidos (los millones) por medio planeta; o que el político pobre es cada vez más una paradoja del tipo luchar por la paz o follar por la virginidad.

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Y ahora que ha bajado el paro en ciento y pico mil personas, pretenden que aplaudamos como las focas ante una sardina. Y un servidor, ganando del orden de dos euros por hora y pagando religiosamente su IVA y su cuota de autónomos. Gilipollas, es lo que soy.

Pesebreros, chupafotos y otros especímenes actuales

Es indigno que una persona cuyos ingresos se reducen a menos de 400 euros, que sufre además minusvalía, vea que se quema su casa y, luego del desfile de políticos, pesebreros y chupafotos se la deje a la deriva porque, dicen, su situación “no es de emergencia social”. Jódete y baila.

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Estos son sólo algunos de los ejemplos que he visto y vivido y paradigma de las cosillas que iré comentando por aquí cuando me apetezca y tenga un rato. Al fin y al cabo, es lo que me queda: el inalienable derecho a la pataleta.

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2 pensamientos en “Es lo que queda…

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